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“Si
nuestra imaginación, inteligencia y afectividad nos
permitieran objetivar el poder transformador de la
lectura, estoy segura que la sociedad entera
privilegiaría su realización en todos los contextos, en
todos los espacios”
Dos
sucesos, una profunda motivación para leer.
Evoco con
nostalgia los días que tomada de la mano de mi abuela,
una trujillana tan inteligente y aguda como orgullosa,
iba a misa dominical. Allí nos distribuían unas hojas
impresas de modo artesanal: “El pan del alma” que
contenían citas evangélicas, reflexiones, pensamientos
y, de cuando en cuando, una nota humorística por
supuesto de contenido religioso.
Recuerdo –
en esa fuente inagotable que es la memoria – que mi
abuela me recalcaba: “Fíjate en el nombre! ¡El pan del
alma! y me repetía una y otra vez: El que lee se salva.
Y cuando retornábamos a casa, guardaba en un antiguo
estante, ordenada y decorosamente, sus más preciadas
lecturas. Ella, prolija, colocaba “El pan del alma” y
sonriendo, como para que nunca me olvidara, me repetía:
todo esto: libros, hojas, manuscritos, recortes son pan
para el alma. Y juro que nunca lo olvidé.
A los pocos
años, mis hermanos y yo, heredamos de nuestro padre, un
sencillo pero sabio educador, una pequeña pero
invalorable biblioteca que fui incrementando libro a
libro, consecuente con aquello de “El que lee se salva”
sumada a “El que lee, crece” que sugería con voz firme y
decidida la voz paternal y querida.
Como ya
había leído y releído “El Tesoro de la Juventud”, lleno
de historias aleccionadoras y hermosas; “Biografías
célebres”, entre otras, mi afán lector se concentró en
un libro de permanente vigencia: “La Gramática de la
Fantasía” de Gianni Rodari, texto que – bien lo recuerdo
– había yo ubicado nada más y nada menos que a la altura
de las “Tradiciones Peruanas” así como a una traducción
especial del “Señor de los Anillos” de Tolkien y del
ahora libro clásico ¿Cómo formar niños y niñas lectores
y productores de textos” de Josett Jolibert, maestra de
la innovación en el tema lectura quien con sutileza nos
sugiere “hablar de interrogar al texto para lograr
comprenderlo”.
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